¿Sabías que…
… el famoso viajero inglés Richard Ford pasó por Murcia en el siglo XIX y la incluyó en su guía de España?

Le dedica varias páginas en su guía más popular de viajes por nuestro país: ‘A handbook for travellers in Spain, and readers at home’, publicada en Londres en 1845 por John Murray. En la Biblioteca Nacional se conserva dicha edición de 1845 junto con otros títulos de Ford, pero sólo uno está traducido al castellano: se trata de ‘Cosas de España (el país de lo imprevisto)’, de ‘Ricardo Ford’, en una edición de 1922 (el título original, ‘Gatherings from Spain’, fue publicado en 1846).

 

La primera de las guías de viaje de Richard Ford, de la que vamos a hablar aquí, tenía el siguiente y extenso subtítulo: “Describiendo el país y las ciudades, los nativos y sus modales, los monumentos, la religión, las leyendas, las bellas artes, la literatura, los deportes y la gastronomía, con anotaciones sobre la historia de España”. La escribió ya de vuelta en su país natal, gracias a sus cuadernos con las exhaustivas anotaciones de su estancia y sus viajes por nuestro país entre 1830 y 1833, al final del reinado de Fernando VII.

 

En su publicación, bajo el epígrafe de ‘Reino de Murcia’, Ford divide los contenidos en nueve rutas, y lo primero que nos llama la atención es que incluya entre ellas las de Elche a Madrid, Elche a Xàtiva, Elche a Alicante, Alicante a Xàtiva y Xàtiva a Valencia, ciudades de la actual Comunidad Valenciana que deja al margen en el apartado dedicado a Valencia. Las otras rutas del Reino de Murcia que sí se refieren al actual territorio de la Región, son: Granada a Murcia, Murcia a Madrid, Murcia a Cartagena y Cartagena a Alicante.

 

Ford describe aquello que ve en sus trayectos y habla de los monumentos, las costumbres, la economía local, el clima o las personas con las que se cruza. También ofrece unas pinceladas de historia, y tanto en lo relativo a Murcia como al resto de España, sus palabras no están exentas de polémica porque sus descripciones no fueron precisamente objetivas, ni él mismo pretendía que lo fueran, como veremos más adelante.

 

‘La Beocia del Sur’

 

En la primera página de su guía de bolsillo dedicada a Murcia, Ford traza un cuadro en el que demuestra su interés por documentarse sobre el lugar del que habla y su capacidad de síntesis, aunque ello suponga caer en el tópico y el estereotipo. Así, primero describe el marco geográfico de este reino “pequeño, uno de los más pequeños de España” y, a mediados del siglo XIX, “escasamente poblado”. En la quinta línea ya toca un elemento central en la historia del Reino de Murcia: “Donde el agua es deseada, es casi un desierto”, y sin embargo, “las ‘Huertas’ (en castellano en el original) y las porciones irrigadas lo compensan por su prodigiosa fertilidad”.

 

A continuación, Ford pasa a relatar los principales productos de la tierra, naturales o manufacturados, y habla del cultivo de “la palmera, el naranjo y el algarrobo”, afirmando a continuación que lo más importante en Murcia son la seda, los pimientos rojos “y los ricos vinos”. En ese primer párrafo de presentación también encuentra hueco la minería, situada “cerca de Cartagena”, y lo que Ford entiende como los grandes proyectos del momento: los pantanos y la citada explotación minera.

 

Primavera y otoño son las estaciones más apropiadas para viajar: la primera es todo flores, y la segunda es todo fruta”, afirma Ford, que a continuación dedica la mitad del párrafo introductorio a resumir la historia del Reino hablando de los cartagineses, los godos y los musulmanes, y citando incluso a dirigentes históricos concretos como Anibal, Teodomiro y la familia ‘Beni-Tahir’.

 

“Bajo los musulmanes, Murcia se convirtió en un jardín perpetuo, y por eso fue llamada ‘El Bostán’: también fue comparada con la Misr de Egipto”, explica Ford, que describe a los musulmanes murcianos por su fama de “obstinados y desobedientes”.

 

El viajero e intelectual inglés termina esta presentación haciendo amistades: afirma Ford que “la provincia, descansando en una esquina fuera del camino, todavía es considerada la Beocia del sur”. Cabe recordar que Beocia era una región de la Grecia antigua que tenía un carácter eminentemente agrícola, y cuyos habitantes, en su mayoría de ámbito rural, eran despreciados por la capital y por las clases altas helenas por considerarlos estúpidos e insignificantes. De hecho, aquella región dio lugar a un adjetivo en castellano, beocio/a, que se refiere a una persona ignorante, estúpida y tonta.

 

‘La apatía y la ignorancia’

 

El relato de Ford, una vez torcido, sólo empeora al doblar la página: “En Murcia, la diosa pagana de la apatía y la ignorancia gobierna sin ser molestada ni discutida. La estupidez de todos usurpa su antiguo reino. Las mejores clases sociales vegetan en una monótona existencia antisocial; sus únicos objetivos son el puro y la siesta. Pocos hombres considerados ilustres en alguna forma ha producido esta provincia ‘Dunciad’”. ¿Dunciad?

 

Como inciso, hay que decir que ‘The Dunciad’ es el título de un poema narrativo burlesco de 1728 escrito por el inglés Alexander Pope, en el que se celebra a la diosa Estupidez y se cuenta los avatares de sus agentes, encargados de difundir la decadencia y la idiotez por el mundo. Ford emplea ‘Dunciad’ como adjetivo recurrente en su dibujo sobre Murcia.

 

El viajero continúa con su ‘amable’ retrato del Reino de Murcia y de sus gentes: “Las clases bajas, brillantes agricultores, son alternativamente gandules y laboriosos”. “Su fisonomía es africana y muchos han emigrado recientemente a Argelia. Son supersticiosos, dados al litigio y la venganza, e incluso comentan de sí mismos que aunque su clima es bueno y su tierra es fértil, lo que hay en medio es malo: ‘el cielo y suelo es bueno, el entre suelo malo’” (en castellano en el original, haciendo una traducción imperfecta del ‘buen suelo, buen cielo, pero mal entresuelo’, frase atribuida al obispo Belluga en referencia a su diócesis).

 

Tras comentar algunas otras curiosidades sobre los productos de la tierra en su camino hacia la capital del Reino, Ford pasa por Lorca, de la que opina que “es un lugar aburrido y antisocial”, con “calles estrechas y empinadas”. De su Colegiata dice que la fachada es de orden “corintio y compuesto” y que “su interior es oscuro”, pero que “se regocija en las reliquias de su patrón San Patricio”. En alusión al paisaje, de nuevo, afirma que “la vegetación, donde hay agua, es tropical”.

 

Murcia de seda y pimentón

 

Dando una de cal y otra de arena, Richard Ford entra en Murcia por la “agradable Alameda del Carmen”, y habla de la ciudad como “la capital de la huerta, del jardín musulmán”, resaltando la producción de seda y de pimentón (‘red pepper powder’), producto este último que “es distribuido por toda España”.

 

“Murcia se eleva por encima de su huerta de moreras, maíz dorado y pimiento rojo. Los campesinos, con pañuelos anudados sobre sus cabezas como turbantes, y con faldas blancas que contrastan con su piel bronceada, parecen tan tontos como moros. Las mujeres bonitas lo son más por sus trajes de ballet con refajos azules y amarillos”. Casi nada, Richard Ford. Debemos señalar que cuando el autor dice “faldas blancas”, imaginamos que en alusión a los zagarüelles (que de hecho no son faldas, sino calzones anchos), el autor emplea la palabra ‘kilt’, en inglés referida a la falda escocesa, quizá por estar plisada como la prenda murciana, en lugar de usar ‘skirt’, que es una falda normal.

 

Dando unas pinceladas históricas, además de citar la “majestuosa” obra musulmana de la Contraparada, Ford no tarda en hablar de la “devota rivalidad” entre las ciudades de Murcia y Cartagena por el traslado de la sede de la Diócesis, y cita asimismo a ‘Alonzo el Sabio’, el rey castellano que arrebató Murcia a los musulmanes “en 1240”. Sobre Alfonso X, el autor explica que el rey dejó a Murcia sus entrañas “como un legado precioso”, para después asestar el golpe: “es decir, llevó la arena al desierto”.

 

“Si le hubiera legado una parte de su cerebro, esta ciudad ‘Dunciad’ (explicación más arriba) podría haberse beneficiado, ya que es la más aburrida de España, que no es poco, y una de las más secas”, espeta Richard Ford, que, de seguido, al respecto de la sequedad (la de Murcia, no la suya), cita las procesiones y rogativas de “la milagrosa ‘Lady Fuensanta’” (sic), la patrona que está en el monte, “un lugar de esparcimiento de los habitantes de Murcia”.

 

De la ciudad, Ford explica que sus calles son “generalmente estrechas”, y que “muchas de sus casas están pintadas de rosa y amarillo”, al tiempo que las viviendas aristocráticas “están decoradas con elementos armoniosos”. Según el escritor inglés, la población de Murcia es por entonces de “35.000 almas”, y para visitar nuestra ciudad, afirma, “con un día será suficiente”.

 

El viajero dice visitar el Alcázar fortificado en 1405 por Enrique III y subir a la torre de la catedral, y desde allí, ver “la ciudad circular” con sus casas de “azulados tejados planos” y con “sus palomares hechos de cañas”, así como el verde paisaje de la huerta rodeando Murcia allá donde hay agua, hasta que la falta de ésta hace que “el desierto aparezca de nuevo”.

 

De esas vistas también destaca “la aislada colina de Monteagudo, al Este”, así como los palmerales que salpican el valle junto con las “granjas” diseminadas, en posible alusión a las casas-torre de la huerta y a las pedanías que podía observar desde el campanario.

 

Richard Ford se detiene en la Catedral, por dentro y por fuera: la capilla de los Vélez con su cadena y su bóveda, el imafronte de Bort “de estilo churrigueresco”, las capillas y retablos, incluyendo el del altar mayor y la sillería del coro originales, que años después arderían en un terrible incendio, así como el antiguo órgano o la Custodia de “Pérez de Montalto”, que “escapó milagrosamente” al saqueo del templo por parte de las tropas napoleónicas.

 

Entre los muchos datos que aporta Ford, salpicándolos con sus opiniones personales sobre aquello que ve (o cree ver), sostiene que el escudo de Murcia tiene “seis coronas con una orla de leones y castillos”, y que la catedral “sufrió mucho con el terremoto de 1829”, cuando “la torre, la fachada y la cúpula del transepto resultaron dañadas”.

 

También habla del Palacio Episcopal, “amplio” y “de estilo rococó”, que, sin embargo, “ha sido embadurnado de color rosa y verde”, y volviendo a usar por enésima vez el calificativo de ‘Dunciad’ para la ciudad de Murcia, Ford afirma que, no obstante, “tiene algo de arte”. En este punto destaca a “Fco. Zarcillo” (sic), el escultor barroco Francisco Salzillo, “que murió aquí en 1781, que vivió en una época mejor y que poseía las capacidades de un verdadero artista”.

 

Los paseos por la ciudad

 

En los párrafos siguientes sobre Murcia, Richard Ford se detiene en algunos escenarios urbanos más sin dar la sensación de que sea una ciudad tan aburrida como la pintaba anteriormente:

 

“El viajero debe atravesar Trapería y Platería, calles animadas, con toldos estirados por encima en verano y con chispeantes personas que pasean agrupadas bajo ellos. Aquí es donde están las tiendas de los plateros y de los vendedores de ‘mantas y alforjas’ (en castellano en el original), divertidos tejidos de colores y bolsos. Las ‘mantas’, muy renombradas, deberían tener siempre lazos anudados en sus esquinas, los cuales son generalmente añadidos por la mano pura de una ‘querida’” (en castellano en el original).

 

Tras citar edificios como el Almudí, “palabra árabe para referirse a un granero, este edificio todavía se usa como almacén de grano”, a la Oficina de Correos, a la prisión, a la plaza de toros (aún no era la de la Condomina, debía referirse a la actual Plaza de Camachos) y al hospital de la ciudad (“aún sin terminar de construir, probablemente nunca se concluya”), Ford suaviza de nuevo su tono para afirmar que “los mejores paseos son por el barrio del Carmen con sus asientos a la sombra, y por el Arenal (hoy la Glorieta), con el pesado monumento a Fernando VII hecho en granito rojo”. Años después, ese monumento fue trasladado y más tarde destruido.

 

Richard Ford asegura que en Murcia “hay un buen jardín botánico”, sin citar directamente al Malecón, y que “los vertidos al río Segura y los molinos de agua serían más pintorescos si la corriente tuviera un mejor color”.

 

Los últimos párrafos referidos a Murcia en su guía, los dedica a explayarse en la Guerra de la Independencia y en los hechos acaecidos en nuestra ciudad con los franceses, hacia los que no oculta su desagrado. Así, en este enfrentamiento Francia-Murcia, Ford no tiene más remedio que elogiar a los habitantes de Murcia, que, “aunque aburridos, no son cobardes”.

 

El escritor inglés habla de Soult, de Sebastiani y de “Martín de Cervera” (en alusión a Martín de la Carrera), quien lideró al pueblo “y fue asesinado en un lugar que todavía hoy es señalado”: se refiere a la Calle de San Nicolás, en una de cuyas fachadas existe una placa que recuerda el tiroteo con los franceses y la muerte del militar español.

 

A continuación, Richard Ford prosigue con sus descripciones, sus velados halagos y sus críticas despiadadas sobre otras poblaciones y sobre diferentes pormenores del Reino de Murcia, como las aguas termales de Archena, Alhama o Hellín, el carácter volcánico del territorio, sus terremotos recurrentes, la riqueza de los cultivos en Molina de Segura… Cita también la abundancia de cochinillas del nopal, habla de que la mayoría de la población es agrícola y afirma que las mujeres murcianas “tienen mucho trabajo como hilanderas”.

 

Ford, el viajero inglés

 

Richard Ford (Londres, 1796-Heavitree, 1858), escritor e intelectual británico, residió en España durante tres años, de 1830 a 1833, por motivos de salud de su esposa, Harriet Capel. En ese tiempo pasó los inviernos en Sevilla y los veranos en la Alhambra de Granada, pero también se dedicó a hacer largos viajes por España, a documentarse sobre los lugares que visitaba y a anotar todo lo que veía.

 

Sin embargo, la idea de publicar sus cuadernos en forma de ‘guías de viajes’ no le llegó hasta mucho tiempo después de regresar a su país, en 1845, de modo que pudo enriquecerlas con lecturas posteriores para formar una visión muy personal de España, con unas vivencias que ya le quedaban doce años atrás. Sobre todo ello se granjeó su fama de ‘hispanista’, pero también de polemista.

 

En sus guías sobre España, Richard Ford, el viajero, el intelectual y el escritor inglés, bombardea a quien lo lee con un aluvión de datos y de opiniones mezcladas y agitadas hasta la locura, mostrando su carácter curioso, mitad abierto y mitad cerrado, de mirada limpia en algunos momentos y totalmente cegado por multitud de tópicos en otros. Ford es la plasmación literaria de un gabinete de curiosidades del siglo XIX, conformado poco a poco por el prototipo de coleccionista británico que va llenando sus estantes sin orden ni sentido al tiempo que los describe.

 

Él, que en ocasiones se entrega a dichos tópicos o incluso contribuye a crearlos, y que fomenta una visión negativa y destructiva de España en general y de Murcia en particular, personifica en sí mismo al típico y tópico viajero inglés del siglo XIX enamorado románticamente de nuestro país. De hecho, se le incluye en la terna de los más famosos que visitaron España en la época junto a Borrow y Washington Irving.

 

Polemista irredento

 

“A pesar de sus prejuicios, el ‘Handbook’ sigue siendo apreciado por su inigualable combinación de humor, polémica e información”, sostiene Hilary Macartney, para quien se trata de “uno de los libros más influyentes que se hayan escrito en inglés sobre España”. Hilary Macartney redactó la biografía del escritor inglés en la web del Museo del Prado.

 

Richard Ford también visitó la pinacoteca y aprovechó para emitir sus juicios y opiniones sobre la pintura española, sobre la disposición de las obras en las salas del Prado y sobre lo que él entendió como lamentables labores de restauración del museo en algunas pinturas, lo que le llevó a enfrentarse después en una agria polémica con José de Madrazo, director del Museo.

 

De hecho, Madrazo usó el prólogo a la edición de 1850 del catálogo del Real Museo del Prado para arremeter contra Ford por su “aluvión de mentiras” en torno a las restauraciones de obras pictóricas. Sin embargo, según Macartney, las acusaciones de Ford “de que muchas de las pinturas se habían dañado al restaurarlas”, en contra de los argumentos de Madrazo, “fueron aceptadas y repetidas por muchos otros escritores en lengua inglesa, entre ellos William Stirling”.

 

Sin embargo, décadas después de su muerte y con la perspectiva del tiempo, algunos autores españoles han analizado a Richard Ford y su impacto. Uno de esos análisis lo encontramos en el prólogo a la edición en castellano de ‘Gatherings from Spain’ (‘Cosas de España. El país de lo imprevisto’, 1922), donde Enrique de Mesa alaba de Ford “su formidable potencia visiva, el relieve y plasticidad de sus descripciones, la finura de la percepción, la agudeza y gracia de su juicio y aquella noble y honrada sinceridad con que enaltece las virtudes de nuestra raza y declara y fustiga sus defectos”.

 

Sin embargo, después Mesa se ve obligado a matizar: “Claro que una apreciación general sobre el carácter de España, dada la diversidad de sus regiones, tan distintas étnica y climatológicamente, aunque en unión secular por su política y su historia, puede conducir a errores fundamentales”.

 

En el mencionado prólogo, mientras repasa la biografía de Ford y los avatares de la primera publicación de su ‘Handbook’ (que el autor tuvo que ‘suavizar’ antes de ser impresa, porque en opinión de su editor, John Murray, Ford se había metido en demasiados charcos políticos), Enrique de Mesa opta por ponerse del lado de quien él califica como “bien intencionado observador” antes que del lado de los "patriotas explotadores” que gritan el “viva España” sin aceptar las críticas. Mesa lo explica de este modo tan descarnado y elocuente:

 

“¡Triste sino el de España, esclava acariciadora de su propia laceria por miedo al lancetazo! ¡Aciaga suerte la suya, condenada a sufrir a sus explotadores, que se abroquelan en las palabras representativas de las ideas y sentimientos más caros a sus nativos! La patriotería empercalinada y de bullanga, la contumacia lugareña, prorrumpen en un ¡viva España! sin sentido, siempre que un bien intencionado observador o pensador, propio o extraño, luego de estudiar nuestras costumbres, nota los errores y lacras. Con el cegador señuelo del patriotismo, la turba parasitaria y cínica, que realiza sus logros a favor del desbarajuste político y del caos administrativo, deslumbra a la muchedumbre de papanatas, esclavos de su propia ignorancia”.

 

En opinión de Enrique de Mesa, “cuando los españoles de esta laya flamean el punto de la honra, a buen seguro que tratan de celar, encubrir o cohonestar una acción deshonrosa”, incidiendo en la secular idea de que la corrupción se envuelve con la bandera.

 

Otro análisis sobre Ford más reciente en el tiempo, fechado en 1975, más extenso y algo menos benévolo con el inglés que el de Enrique de Mesa, es el que lleva a cabo José Alberich en su artículo ‘Richard Ford o el hispanista hispanófobo’, incluido en la Revista Hispalense de Sevilla, que recoge el texto de una conferencia pronunciada en la Universidad de Salamanca en noviembre de 1974.

 

Alberich destaca la gran fama alcanzada por Richard Ford en su tiempo, que aunque “efímera”, lo vinculó para siempre a España. No obstante, en la lápida del escritor e intelectual inglés, en el cementerio de Heavitree, encontramos la siguiente inscripción latina: “Rerum Hispaniae indagator acerrimus”, es decir, “acérrimo investigador de los eventos de España”.

 

En opinión de Alberich, basándose en algunas de las cartas enviadas por Ford desde Sevilla a algunas amistades en Inglaterra, al escritor inglés le atraía el atraso de España respecto al resto de Europa y quería que nuestro país permaneciese en esa posición: "Confío en que la civilización tarde mucho en llegar hasta aquí, pues éste es por ahora un pueblo original y muy peculiar, embotellado e intacto durante seis siglos; gracias a Dios, los bandoleros y las malas carreteras se encargarán de retardar el progreso por algún tiempo", dijo Richard Ford en una misiva.

 

Alberich cuenta que unos años después de haber abandonado España, y de haber leído muchos libros sobre nuestro país, “su erudición hispanística iba siendo ya considerable, y llegaría con el tiempo a ser colosal, pero marginal y mal digerida”. Así, según Alberich, Ford “sabía muchísimo de historia local y menuda, de quién fundó tal convento o de cómo saqueó aquella iglesia tal o cual general francés, pero ignoraba el sentido y las directrices fundamentales del pasado nacional”.

 

“Devoraba en grandes cantidades absurdas vidas de santos que utilizaba a conciencia para ridiculizar al catolicismo español, pero no había leído una sola página de teología, filosofía ni derecho”, insiste José Alberich.

 

“Verdad es que está erudición de detalle, siempre utilizada con oportunidad e ingenio, constituye uno de los mayores encantos de su ‘opus magnum’, pero no es menos cierto que también le cegaba para distinguir lo esencial de lo accidental, y que de esta forma autorizaba, a los ojos de sus lectores ingleses, interpretaciones caprichosas y arbitrarias que ningún historiador serio habría aceptado nunca. En realidad, Ford empleaba su mucho y minucioso saber como munición de sus prejuicios, con lo cual su visión de España resulta en el fondo tan gratuita como la de tantos indoctos emborronadores de papel que visitaban entonces la Península”, sentencia Alberich.

 

De la dura primera versión de su ‘Handbook’, que su editor y algunos amigos le aconsejaron suavizar, Alberich afirma que para todos ellos quedó claro que si Ford amaba a España, “lo disimulaba muy bien”. Finalmente publicada la guía en 1845, tuvo un éxito fulgurante: “En tres meses se vendieron 1389 ejemplares”, un logro para el momento. Y según Alberich, “haría falta todo un equipo de historiadores y filólogos para separar lo verdadero de lo falso en esta obra singular”, de más de mil páginas, “lo cual, si bien constituye en sí un elogio merecido a la vastedad de los conocimientos de Ford, no dice en cambio mucho a favor de su imparcialidad ni de su claridad de juicio”.

 

“Pero reconozcamos su valor informativo, su calidad como guía del viajero en su tiempo o como fuente de datos en el nuestro para el historiador y para el simple lector curioso. En este sentido el Handbook es una obra prodigiosa”, dice también José Alberich.

 

Como conclusión a su extenso análisis, Alberich firma que el “Handbook fue un gran éxito editorial y literario”, y que “es posible que contribuyese —y de ello se jactaba su autor— a atraer turistas y libras esterlinas hacia nuestras fronteras; pero también contribuyó a reforzar los muchos y colosales prejuicios con que la Inglaterra victoriana miraba a nuestra patria”, lo cual no es óbice para calificar a Richard Ford, en palabras de Gregorio Marañón, como “el más admirable viajero de cuantos han pasado por nuestro país”.

 

Así pues, y desde nuestra perspectiva murciana, hay que reconocer lo interesante que es desde el punto de vista documental, aunque tomada con las debidas reservas, la descripción de algunos edificios, obras y cuestiones relativas a la ciudad de Murcia que aporta Richard Ford en su ‘Handbook’, aun debiendo hacer un esfuerzo para sobrellevar sus críticas ácidas, explícitas en algunos casos y metafóricas en otros, que llegan a resultar cómicas porque en determinados momentos se aprecia claramente que están basadas en errores de interpretación, en la ignorancia del propio autor o en tópicos y clichés adoptados o creados por él mismo.

 

Fuentes:

 

Imagen: Retrato de Richard Ford, por Antonio Chatelain. Óleo sobre lienzo de finales del siglo XIX basado en un original de 1840. NPG 1888. © National Portrait Gallery, Londres. 

 

Imagen: página 405 de la edición de 1845 de 'A handbook for travellers in Spain, and readers at home', de la Biblioteca Nacional.

 

«Buen suelo, buen cielo y mal entresuelo» | La Verdad

 

A handbook for travellers in Spain, and readers at home”, Richard Ford. Editor, John Murray. Londres, 1845.

 

Cosas de España: el país de lo imprevisto’, Ricardo Ford. Traducción directa del inglés; prólogo de Enrique de Mesa. Editor, Jiménez Fraud. Madrid, 1922.

 

Biografía de Richard Ford, Hilary Macartney. Web del Museo del Prado.

 

'Richard Ford o el hispanista hispanófobo’, José Alberich. Archivo Hispalense. Revista histórica, literaria y artística. Páginas 103-131. Sevilla, 1975.


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