¿Sabías que...
...la compañía teatral La Barraca llenó el Romea en enero de 1933?

Sucedió el martes 3 de enero de 1933. El Teatro Romea registró un lleno absoluto sin sufrir incendio alguno, lejos de la profética maldición y más allá del ardor escénico de la compañía de teatro universitario La Barraca, de la pasión de Federico García Lorca y del caluroso público murciano, que los acogió con una entrega total.

 

A finales de 1932, la prensa local daba cuenta de la carta enviada desde Madrid al Gobernador Civil de Murcia, señor Varela, comunicándole la próxima llegada de la compañía universitaria. El mandatario respondió anunciando sus contactos con los teatros de la ciudad para procurarle un escenario a La Barraca. Finalmente se programó y publicitó la función para el mencionado 3 de enero en el Teatro Romea.

 

Un día antes de la representación, el 2 de enero de 1933, los poetas Federico García Lorca y Miguel Hernández, genios inmortales, se conocieron en Murcia, en la casa del periodista y editor Raimundo de los Reyes (para saber más sobre este personaje, pincha en este enlace). Miguel Hernández estaba inquieto a la espera de la publicación de su primer libro de poemas, ‘Perito en lunas’, que vería la luz en nuestra ciudad poco después. Por su parte, García Lorca y La Barraca venían de representar en el Teatro Principal de Alicante.

 

El miércoles 4 de enero de 1933, los periódicos murcianos recogieron con admiración y cariño lo sucedido la tarde anterior en el Romea. Por ejemplo, El Liberal publicó un artículo con el siguiente titular: “El brillantísimo festival de ayer”. El rotativo destacaba, en primer lugar, la expectación creada en la ciudad ante “este acontecimiento del arte y la cultura”, con las invitaciones agotadas y con gente que se tuvo que quedar fuera del teatro.

 

Cuando llegó a Murcia, La Barraca tenía menos de medio año de vida: es verdad que se ideó en 1931 como iniciativa de la Federación Universitaria Escolar, la FUE, bajo la batuta de García Lorca y de Eduardo Ugarte, que por entonces era secretario de la Unión Federal de Estudiantes Hispanos, pero no se lanzó a la carretera hasta julio de 1932, con varias representaciones preparadas en su baúl.

 

Las dos obras que llevaron a cabo en Murcia fueron un entremés de Miguel de Cervantes, ‘Los habladores’ (o ‘el pícaro hablador’), y el auto sacramental del clásico de Pedro Calderón de la Barca ‘La vida es sueño’.

 

La realización escénica de la primera obra llevaba la firma del murciano Ramón Gaya, según explicó la crónica del diario La Verdad. El artista colaboraba también en las Misiones Pedagógicas. Por otro lado, la decoración de la obra de Calderón corrió a cargo de Ceferino Palencia.

 

Antes de dar comienzo a la primera de las representaciones en Murcia, tal y como contó la prensa del momento, Federico García Lorca subió a las tablas del Romea y se dirigió a la abarrotada sala, leyendo, de unas cuartillas “rebosantes de entusiasmo”, un breve discurso a modo de presentación. El Liberal relataba el instante así:

 

El Gobierno, en su afán de renovar la afición por nuestro teatro clásico, ha patrocinado esta Barraca, que marcha por los caminos dispuesta a que comparta con ella la emoción de su arte el público de todos aquellos lugares en que pueda montar el tinglado”.

 

En sus cuartillas, García Lorca nos habló de los propósitos de los que le secundan en esta admirable empresa. Con la modestia de los que realmente valen, señaló también sus posibles defectos, justificándolos en que el anhelo todavía no está logrado, y debe considerarse como un ensayo de lo que hasta ahora nos han ofrecido”.

 

Hizo después un acertado estudio de los dos autores que iban a mostrarnos, Cervantes y Calderón de la Barca, tierra y cielo, norte y sur. Luego, la interpretación demostró que su presentador había sabido sentir la ofrenda”.

 

Por su parte, La Verdad habló de este modo de los prolegómenos de la función:

 

Antes del espectátulo, García Lorca dio lectura a unas cuartillas escritas con la manera deliciosamente amena y genial que le es peculiar, haciendo la presentación de La Barraca y justificando las dos modalidades teatrales que constituían el programa, como significativas de la dualidad pendular con que puede caractericarse cada una de las manifestaciones de la literatura española, desde lo realista a lo idealizado”.

 

La Verdad reconocía que el poeta “fue muy aplaudido, como al final de cada parte del programa lo fueron los elementos que integran la artística agrupación, todos igualmente valiosos”.

 

Volviendo con El Liberal, tras valorar las dos obras representadas, el periódico alabó en especial la misión emprendida por La Barraca en el caso concreto del auto sacramental de ‘La vida es sueño’:

 

El mayor éxito, a nuestro juicio, logrado por ‘La Barraca’ en su noble empeño, es el de hacernos llegar a los espectadores de hoy, fuera del ambiente y un tanto desplazados de lo que en su época fueron, los autos sacramentales, con tan gran poder evocador, con tal fuerza expresiva, que el público, que en su mayor parte se muestra un poco sorprendido, por inesperado, ante lo que se ofrece, pronto se ve dominado por el mismo recogimiento y con la misma emoción que aquellos que presenciaron estos autos sacramentales en su ambiente propicio”.

 

Aunque sólo fuera por este gran acierto, La Barraca merece que todos le deseemos el mejor éxito en sus propósitos, que a ellos les parecen en gestación pero a nosotros nos supieron a plenamente logrados. Pero este teatro universitario es todavía algo más que escapa a estas breves impresiones. Por lo que vimos ayer, y por la promesa que ello encierra, rendimos a todos sus elementos el debido tributo de nuestra admiración cordial y nuestro cálido aplauso”, concluía El Liberal.

 

Enseñar deleitando

 

Aquel 4 de enero de 1933, La Verdad reflexionaba sobre la aventura teatral de La Barraca y profundizaba en las virtudes de su propuesta:

 

Hemos de aplaudir resueltamente el espíritu que anima estas representaciones. Ellas tienden de una manera positivamente eficaz a difundir entre el pueblo una manifestación cultural que se aviene muy bien con su naturaleza. El viejo aforismo de enseñar deleitando se cumple con ellas de manera rotunda”.

 

En los pueblos alejados de los focos donde las densas actividades intelectuales irradian, en las aldeas y poblados, la llegada de esta farándula generosa y altruista ha de producir una impresión fuerte y deleitable; porque, juntamente con la fastuosidad del atrezo y decorado, ofrece a las imaginaciones indoctas, pero nutridas de una fina intuición y de una limpia captación espiritual, un claro y ameno venero de educación moral que le es facilemente asimilable”.

 

Clara y atinada explicación de lo que se propuso el Gobierno de la nación amparando y financiando La Barraca. El periódico proseguía de este modo:

 

No importa, pues, que siendo éste su principal objetivo, se revista el espectáculo de un tono de selección que pudiera en un principio parecer minoritaria, pero que, en realidad, por el simplismo que en los prodecimientos escénicos, y la sencillez y claridad que a la declamación se imprimen, es tan fácilmente asequible a las imaginaciones rudimentarias como grato a los espíritus cultivados”.

 

La Barraca pasó por Murcia, pues, alcanzando sus fines y conectando con el público y con la prensa, antes de meterlo todo de nuevo en el baúl, subirlo al carro y proseguir su camino por España.

 

Las Misiones Pedagógicas y La Barraca

 

“La Segunda República Española (1931-1939) fundó las Misiones Pedagógicas con el objetivo de difundir la cultura en los pueblos más atrasados del país. Dentro de este marco educativo, las misiones realizaron una vasta labor cultural (programas educativos, sesiones de cine, bibliotecas ambulantes) con una privilegiada atención al teatro”.

 

Así lo explica Eszter Katona, de la Universidad de Szeged, Hungría, en su artículo ‘Teatros ambulantes en la Segunda República Española’.

 

Entre las iniciativas teatrales que el Gobierno acogió y potenció, encontramos los nombres de dramaturgos de relieve en aquel momento: Alejandro Casona, a quien se encomendó estar al frente del Teatro del Pueblo; Rafael Dieste, quien se situó al mando del Teatro Guiñol; García Lorca y La Barraca de la FUE; o Max Aub y la compañía valenciana El Búho. Todos ellos, teatros ambulantes destinados a difundir la cultura española a lo largo y ancho del país, especialmente en ámbitos rurales.

 

El ejemplo paralelo en el apartado de las artes plásticas lo encontramos en el llamado Museo del Pueblo: artistas destacados, entre ellos el propio Ramón Gaya, llevaron a cabo copias de obras clásicas de la pintura española para transportarlas y mostrarlas en pequeñas villas y pueblos del país.

 

Y así fue que el 29 de mayo de 1931 se creó el Patronato de las Misiones Pedagógicas, dependiente del Ministerio de Instrucción Pública, con la pretensión de “difundir la cultura general, la moderna orientación docente y la educación ciudadana en aldeas, villas y lugares, con especial atención a los intereses espirituales de la población rural”.

 

Manuel Bartolomé Cossío, presidente del Patronato, buscaba “llevar hasta la más remota aldea y hasta el más pobre de los niños, la felicidad del cine, del teatro, de la música y de los libros”, explica en su artículo Eszter Katona.

 

“A pesar de su breve duración, la Segunda República realizó un notable esfuerzo educativo y cultural”, continúa la investigadora. “Esta tarea era muy urgente, ya que, en 1931, el 32,4% de una población de 25 millones de personas era analfabeta. Con el fin de extender la cultura a las clases populares se introdujeron numerosas reformas educativas, aumentaron los presupuestos de enseñanza y empezó un amplio programa de construcción de escuelas y el aumento de los salarios de los profesores”.

 

“Una idea aparentemente tan sencilla como llevar cultura a los pueblos, se convirtió en una de las acciones más luminosas y emblemáticas del Gobierno republicano”, afirma Katona.

 

“En el bienio 1932-33, sesenta Misiones recorrieron 300 pueblos. En 1934 se realizaron más de 200 Misiones. Además, en estos tres años se crearon más de cinco mil bibliotecas, tratando de colmar las aspiraciones de sus promotores de despertar el afán de la lectura. En el espíritu liberal y moderno de la educación, se potenció la universalización de la enseñanza laica, liberal, mixta, obligatoria y gratuita”, relata en su trabajo la investigadora Eszter Katona.

 

Por su parte, Manuel Aznar Soler, en su artículo ‘El teatro español durante la Segunda República (1931-1939)’, relata que “el pueblo se convierte así en el público ideal de la extensión teatral republicana, un pueblo que, por razones de estructura socio-económica, se identifica con el campesinado de la España profunda, subdesarrollada y analfabeta”.

 

Según precisa Aznar Soler, se trata de “un público analfabeto pero a la vez culto”, tal y como apuntaba la crónica de La Verdad a la que hemos hecho mención, “porque, a diferencia del público burgués, conserva intacta su sensibilidad y su capacidad de emoción ante el teatro; un público que, por otra parte, es visto como heredero legítimo y depositario fiel del patrimonio de nuestra tradición nacional-popular”.

 

“El Teatro del Pueblo o el Teatro Guiñol de las Misiones Pedagógicas, así como La Barraca o El Búho, ensayan, al margen del teatro comercial, una nueva aproximación entre universidad y sociedad, entre cultura y pueblo, en línea con esa tradición del humanismo socialista que, desde Fernando de los Ríos a Antonio Machado, Juan de Mairena acierta a expresar al hablar de la necesidad de despertar al dormido”, afirma Manuel Aznar Soler.

 

En el artículo ‘Teatro para el pueblo o despertar al dormido…’, de Remedios Sánchez García, de la Universidad de Granada, se recogen interesantes palabras de Federico García Lorca sobre la aventura de La Barraca, su inspiración y sus fines. Por ejemplo, las siguientes reflexiones:

 

Un pueblo que no ayuda y no fomenta su teatro, si no está muerto, está moribundo, como el teatro que no recoge el latido social, el latido histórico, el drama de sus gentes y el color genuino de su paisaje y de su espíritu, con risa o con lágrimas, no tiene derecho a llamarse teatro, sino sala de juego o sitio para hacer esa horrible cosa que se llama matar el tiempo”.

 

Nosotros queremos representar y vulgarizar nuestro olvidado y gran repertorio clásico, ya que se da el caso vergonzoso de que, teniendo los españoles el teatro más rico y hondo de toda Europa, esté para todos oculto; y tener encerradas estas prodigiosas voces poéticas es lo mismo que cegar las fuentes de los ríos o poner toldos al cielo para no ver el estaño puro de las estrellas”.

 

El teatro universitario se propone la renovación con un criterio artístico de la escena española. Para ello se ha valido de los clásicos como educadores del gusto popular; nuestra acción que tiende a desarrollarse en las capitales, donde es más necesaria la acción renovadora, tiende también a la difusión del teatro en las masas campesinas que se han visto privadas desde tiempos lejanos del espectáculo teatral”.

 

Cuando llegó a Murcia en enero de 1933, los primeros pasos de tentativa y ensayo emprendidos por La Barraca pocos meses atrás, no tuvieron parada y representación en pequeños pueblos, efectívamente, sino en ciudades como Oviedo, Granada, Madrid, Alicante o la propia Murcia. Era sólo el principio de un proyecto que unos años más tarde se vio dramáticamente truncado.

 

Sobre el final de los planes gubernamentales concluye, por su parte, Manuel Aznar Soler su artículo afirmando que “la dramaturgia republicana, cautiva y desarmada, fue una dramaturgia vencida por la razón de la fuerza y condenada, a pesar de poseer la fuerza de la razón, al silencio o al exilio. (…) es el drama de una dramaturgia sin tierra ni público. Ello explica que el estreno de La casa de Bernarda Alba (8 de marzo de 1945), interpretada por Margarita Xirgu, no tuviese lugar en el Teatro Español de Madrid sino en el Teatro Avenida de Buenos Aires”.

 

 

Fuentes

 

Teatros ambulantes en la Segunda República española, de Eszter Katona (Universidad de Szeged, Hungría). Publicado en ‘Colindancias. Revista de la Red de Hispanistas de Europa Central’, número 5, 2014. Págs. 39-61.

 

‘El teatro español durante la II República (1931- 1939)’, de Manuel Aznar Soler. Monteagudo. Revista de Literatura Española, Hispanoamericana y Teoría de la Literatura, (2), páginas 45–58.

 

‘Teatro para el pueblo o despertar al dormido. A propósito del comportamiento lorquiano en La Barraca’, de María Remedios Sánchez García. Anuario de estudios filológicos. Vol. 35, 2012, páginas 201-213.

 

‘La Barraca, 1933: el giro lopiano de García Lorca’, de David Rodríguez-Solás (Universidad de Massachusetts Amherst). Anuario Lope de Vega, Vol. 22, 2016, páginas 200-2016.

 

Fondos digitalizados del Archivo Municipal:

La Verdad de Murcia, 28 de diciembre de 1932, página 8.

La Región. Diario de la República, 29 de diciembre de 1932, página 1.

El Tiempo, 1 de enero de 1933, página 1.

La Verdad de Murcia, 1 de enero de 1933, página 4.

El Liberal, 4 de enero de 1933, página 4.

La Verdad de Murcia, 4 de enero de 1933, página 1.

El Tiempo, 4 de enero de 1933, página 1.

 

Imagen: Federico García Lorca en la Huerta de San Vicente, Granada, con un cartel de La Barraca. Anónimo, 1932. Fundación Federico García Lorca.


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