Pieza destacada
Jarra y reposadero del siglo XIII

Jarra y reposadero

Siglo XIII

Calle San Nicolás de Murcia

Jarra: Alt: 36,7 cm; Diam. boca 7,6 cm; Diam. base 9,6 cm.

Reposadero: Alt: 10,2 cm; base: 14,3 cm.

 

Nos encontramos ante dos de las piezas de la amplia colección de arqueología medieval que muestra el Museo de la Ciudad en su exposición permanente. Morfológicamente, la jarra es de borde simple con engrosamiento externo y labio redondeado, cuello cilíndrico, cuerpo piriforme (forma de pera), con dos asas con apéndices dobles (los ‘cuernecitos’ que sobresalen sobre cada una de sus asas) y base convexa con pie anular.

 

Por su parte, el reposadero tiene planta cuadrada, labio superior e inferior engrosados al exterior, paredes verticales y pitorro vertedor zoomorfo.

 

Jarra

 

Está hecha de pasta beige rosácea con desgrasante y textura compacta con cocción oxidante, y su decoración está pintada al manganeso y se distribuye en bandas horizontales y verticales, compartimentada en cuadrados y rectángulos rellenos de espirales y trazos, así como motivos geométricos, estrellas de ocho puntas y estrellas de seis puntas, las conocidas como ‘Sello de Salomón’, que se inscriben en el interior de círculos.

 

La pieza ha sido estudiada por el arqueólogo Julio Navarro Palazón y proviene del yacimiento de una casa árabe en la Calle San Nicolás de Murcia, excavación que proporcionó un buen número de materiales y cuyos restos datamos entre los siglos XII y XIII. Esta jarra está recogida en varias publicaciones, como por ejemplo ‘Una casa islámica en Murcia. Estudio de su ajuar (siglo XIII)’, editada en 1991 por el hoy desaparecido Centro de Estudios Árabes y Arqueológicos Ibn Arabi del Ayuntamiento de Murcia.

 

En la citada publicación, dentro del amplio repaso del ajuar cerámico del yacimiento que lleva a cabo Julio Navarro, se explica que el rico programa decorativo de algunos de los elementos encontrados permite su tratamiento como subgrupo dentro de las piezas dedicadas al agua, entre las que están, por ejemplo, las grandes tinajas de almacenaje, las jarras de acarreo y otro tipo de jarras, estas últimas destinadas a servir el agua en las dependencias nobles de una vivienda rica como la excavada en San Nicolás, donde al mismo tiempo podían ser exhibidas, funcionando como elemento de distinción.

 

“Con la presencia de estos recipientes en los salones, sobre delicados reposaderos, ya no era necesario salir al patio a coger el agua de la tinaja”, afirma Navarro. Es el caso de esta jarra.

 

 

En este tipo de piezas, “la decoración pintada es predominante, lo que no excluye la presencia de otras técnicas como el esgrafiado y el estampillado”, nos dice el arqueólogo, y “a diferencia con el grupo de acarreo”, donde la decoración es más simple y escasa y suele aplicarse en trazos con los dedos, “en estas jarras toda la pintura se aplica con pincel, siendo el óxido de manganeso y la almagra los dos pigmentos utilizados”.

 

Además de por el mayor peso de la decoración y por la diferente manera de aplicarla, las jarras suntuarias y de servicio de agua también se diferencian de las de acarreo por ser de menor tamaño. En ambos usos, las jarras son piriformes, pero el pie es distinto, anular, y el grosor de las paredes también es diferente, siendo más finas en las del tipo que mostramos.

 

En opinión de Julio Navarro, esta jarra es considerada como prototípica de su clase: “sólo la presencia de apéndices plásticos en la forma de botón rematando las asas le da una cierta particularidad”.

 

La compleja decoración es lo más destacable de la pieza, con un programa simbólico que Navarro define como de carácter apotropaico, es decir, que responde a la representación de fórmulas mágicas que buscan alejar el mal y propiciar el bien. Básicamente se quiere proteger el agua, y para ello se recurre a círculos y a estrellas de seis y de ocho puntas como base de un programa decorativo tan rico como simbólico.

 

“La frecuente aparición de estos temas en jarras, jarritas y tinajas parece evidenciar un gran interés por preservar el agua de los malos espíritus”, relata el arqueólogo, citando además como ejemplo la presencia en otros casos de la ‘hansa’ o ‘mano de Fátima’, y del árbol invertido flanqueado por aves que no vemos aquí.

 

La decoración se distribuye en tres zonas: cuello, panza alta y panza baja:

“Esta zonación que viene ya dada por la morfología del soporte cerámico es acentuada por tres bandas horizontales: las dos primeras generan en el cuello un solo registro horizontal separado del borde y de la panza; la tercera, emplazada en el galbo, a la altura del arranque de las asas, delimita un campo superior que llega hasta el cuello, y otro inferior que finaliza en el repié anular. Cada uno de ellos es subdividido en cuatro registros, gracias a la presencia de diversos motivos decorativos dispuestos verticalmente”, explica Julio Navarro Palazón.

 

La decoración del cuello, junto con la presencia de las asas, refuerza la bifrontalidad de la jarra: en cada frente del cuello vemos una estrella de seis puntas inscrita en un círculo o medallón. Dichos medallones estrellados se repiten en dos de los cuatro registros decorados de la panza alta, en uno de los frentes, con la diferencia de que en éstos hay cuatro apéndices rectilíneos.

 

En los otros dos registros decorativos de la panza alta hay estrellas de ocho puntas con los mismos apéndices rectilíneos que en los medallones de las estrellas de seis puntas, mientras que los cuatro registros de la panza baja están separados por bandas quebradas con puntos, y en ellos encontramos medallones con motivos en aspa.

 

 

Respecto de la estrella de seis puntas inscrita en círculo, la llamada ‘Sello de Salomón’, hace referencia a la leyenda del anillo del rey Salomón, que se desarrolló en paralelo en el misticismo islámico, en el judío y en el ocultismo occidental: se habla de un anillo con un sello grabado por el mismo Dios y entregado al rey Salomón desde el cielo.

 

Dicho anillo, con una estrella de seis puntas anterior a la de David, formada por dos triángulos enlazados que simbolizarían la alianza del agua y del fuego, fue considerado amuleto o talismán mágico, leyenda acrecentada por la proverbial sabiduría del rey Salomón.

 

Reposadero

 

En el Museo de la Ciudad, mostramos la jarra en una vitrina en la planta baja sobre un reposadero, pieza también datada en el siglo XIII y excavada en el mismo yacimiento de San Nicolás.

 

Está hecho de pasta beige, textura compacta y cocción oxidante, y su decoración es de tres tipos: calada, incisa y plástica. Sobre los reposaderos, extraemos el siguiente texto del catálogo de la muestra ‘Marmitas, jofainas, ataifores y otros cacharros del siglo XIII’, del Museo de la Ciudad:

 

 

“Es una pieza controvertida en cuanto a su función. Existen teorías que los mencionan como bebederos de palomas, maquetas arquitectónicas o soportes de piezas. La función como reposadero consiste en recoger el agua que exudan las vasijas destinadas a servirla y almacenarla. Sobre ellos se ponían las tinajas, jarras y jarritas en lugares destacados de la casa. Existían reposaderos sencillos o múltiples en función al número de vasos cerámicos que soportaban”.

 

En este caso, se trata de un reposadero individual cuya superficie encaja perfectamente con el diámetro del pie de la jarra a la que da soporte.

 

La casa de San Nicolás

 

En la introducción al análisis del ajuar cerámico hallado en el yacimiento de la casa de la calle San Nicolás, Julio Navarro lamenta que “la información que proporcionan” dichos materiales “no pueda ser cotejada con la vivienda a la que pertecene, pues de ella sólo conocemos el patio”. Vemos su ubicación en este plano sacado de 'Una casa islámica en Murcia':

 

 

La causa: la acción destructiva de la pala, tras el derribo de las construcciones que ocupaban el solar para construir un nuevo edificio y antes de que la obra se paralizase con el objetivo de estudiar el yacimiento.

 

“La imposibilidad que tenemos para averiguar su extensión, el número de patios y otros aspectos físicos impiden todo intento de aproximación al número de moradores”, al tiempo que añade que “el único dato sociológico que podemos extraer de la arquitectura conservada es su pertenencia a una importante familia, probablemente aristocrática”. De tal modo que ése es el único aspecto susceptible de ser contrastado “entre el ajuar cerámico y la vivienda”.

 

A pesar de todo, y tras estudiar el patio o jardín de 121 metros cuadrados de extensión, que sí conservaba sus andenes, la alberca con la que contaba la vivienda y otros restos conservados, podemos afirmar que se trata de un tipo de construcción que Navarro Palazón califica como “complejo” y que se caracteriza “por la marcada jerarquización y especialización de sus espacios”.

 

 

La casa de San Nicolás debió construirse con anterioridad al siglo XIII, y quizá fue reformada o rehecha en dicho siglo. Sobre el tipo de patio o jardín con una pequeña alberca adosada a uno de los dos lados menores, podemos ver algún ejemplo documentado en Medina Azahara, en Córdoba.

 

El patio de la casa murciana tiene cuatro andenes por sus cuatro lados, siendo algo más estrechos los que debieron contar con pórticos, en el eje norte-sur. Uno de ellos, el del norte, es el que cuenta con la alberca. En el estudio de los restos encontrados, se aprecia la cimentación de los pilares de ambos pórticos: en el lado sur, el pórtico se abría en tres vanos mientras que el del norte lo hacía en cinco.

 

Los pórticos eran espacios semiabiertos que, tal y como explica Julio Navarro, debían ser contabilizados “como parte del patio, ya que sus pilares y columnas no funcionaban como barreras de separación sino como elementos de sustentación de unas cubiertas protectoras”.

 

“Estos espacios, situados entre el patio y los salones, los moradores de la casa y sus invitados podían disfrutar del jardín y de la refrescante agua de la alberca sin padecer las altas temperaturas y la fuerte luminosidad del verano”, del mismo modo que “hacían posible que las veladas se prolongaran hasta altas horas de la madrugada sin sufrir la escarcha”, relata el investigador.

 

Y una vez queda demostrada la existencia de pórticos en esta casa de San Nicolás, sabemos que tuvo salones en cada uno de sus lados menores, amplias salas rectangulares con alcobas en los extremos. En los salones rectangulares se recibía a los familiares e invitados, teniendo además “carácter plurifuncional”, como en la mayor parte de las habitaciones de las casas andalusíes.

 

“Dormitorio, comedor, sala de juego…”, fueron los usos de espacios que en este tipo de viviendas estaban ricamente decorados, con arcos, zócalos, techos de madera y la presencia de las jarras más y mejor decoradas, como la que mostramos aquí. Además, en los lados mayores estuvo la cocina y otras dependencias más pequeñas, y en el ángulo noroeste de la casa, una letrina con fosa séptica.

 

El pozo ciego

 

Las letrinas y las fosas sépticas de este tipo de complejos se situaban en un ángulo y junto al muro perimetral, para que los restos sólidos, los excrementos, pudieran ser vaciados desde el exterior sin molestar a los moradores de la casa. El vaciado se hacía con cierta frecuencia para evitar su colmatación, mientras que los restos líquidos se filtraban al fondo, para lo cual se evitaba trabar los ladrillos de la fosa o pozo con argamasa.

 

Julio Navarro relata la excavación del pozo ciego de San Nicolás del siguiente modo:

 

A pesar de las mutilaciones sufridas por el pozo, pudimos encontrar en su interior más de cuatrocientos objetos, entre cerámicas, vidrios, metales, restos óseos, cáscaras de huevo y otros. Aunque es frecuente que en el interior de estos depósitos aparezcan, junto a los restos fecales, objetos como los descubiertos, no cabe duda de que esta gran cantidad de piezas no se depositó en el uso normal de la letrina”.

 

Por eso, Navarro afirma que la colmatación del pozo se produce por el abandono de su uso original y de la utilización como basurero doméstico, algo que, a su juicio, debió suceder entre 1243 (Tratado de Alcaraz, protectorado) y 1266 (conquista castellana de Murcia):

 

“Es muy probable que la importante familia que habitaba la casa la abandonase no muchos años después de 1243. Dicho abandono debió suponer el saqueo de la casa y de todos los objetos dejados por la familia, entre ellos el abundante y rico ajuar cerámico”.

 

En opinión del investigador, “es difícil precisar el tiempo que estuvo deshabitada la casa y los destrozos que sufriera hasta que fuera de nuevo ocupada. La utilización del pozo como basurero parece indicar una importante degradación, pues quienes se instalan de nuevo ya no se molestan en poner en funcionamiento la infraestructura sanitaria islámica”.

 

“Seguramente quienes ocupan la casa después de 1266 son cristianos, pues a partir de esa fecha se obliga a los mudéjares a vivir en los arrabales, pasando entonces la población cristiana a la madina. Es posible que sea en esta fecha cuando los repobladores cristianos rellenan el pozo con todos los objetos abandonados y rotos que encuentran al llegar”.

 

“Si la colmatación del pozo se produce a lo largo del período de protectorado castellano (1243-1264) o, como creemos, poco después de 1266, ello no significa que el material encontrado deba ser fechado en esos años. Parece claro que estamos ante un rico ajuar andalusí anterior a 1243”.

 

En esta imagen, sacada de 'Una casa islámica en Murcia'. vemos el pozo ciego de la vivienda antes de ser excavado (izquierda) y después:

 

 

Para acabar, reproducimos un último fragmento de Julio Navarro Palazón extraído de ‘Una casa islámica en Murcia. Estudio de su ajuar (siglo XIII)’:

 

“El análisis detallado de todos los materiales evidencia un momento de esplendor cultural que de ningún modo puede llevarse más allá de la fecha de incorporación de Murcia a Castilla. Teniendo en cuenta la gran homogeneidad del ajuar y su período de utilización, no parece aventurado darle una cronología de fabricación que iría de 1225 a 1243, aproximadamente”.

 

Fuentes

 

‘Una casa islámica en Murcia. Estudio de su ajuar (siglo XIII)’, Centro de Estudios Árabes y Arqueológicos Ibn Arabi. Ayuntamiento de Murcia.

 

‘La cerámica islámica en Murcia’, volumen 1: catálogo. Centro Municipal de Arqueología del Ayuntamiento de Murcia, en colaboración con la Consejería de Cultura y Educación de la Comunidad Autónoma de Murcia.

 

‘Marmitas, jofainas, ataifores y otros cacharros del siglo XIII’, catálogo del Museo de la Ciudad.

 

‘El ajuar cerámico andalusí del almacenamiento de agua en la Región de Murcia’, de Miguel Ángel Fernández López.


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