Pieza destacada
‘La Peste’, de Joaquín Campos López

La Peste’

Joaquín Campos López (1806)

Óleo sobre lienzo

2,50 x 1,85 m

 

Esta obra, también llamada ‘La caridad murciana’, firmada en 1806 por el artista oriolano Joaquín Campos López (1748-1811), fue un encargo del Ayuntamiento de Murcia a iniciativa de la Junta de Sanidad para decorar el Salón de Plenos. Pertenece a la colección artística municipal y fue ubicada en el Museo de la Ciudad en diciembre de 2023.

 

El objetivo del encargo era homenajear a los frailes y sacerdotes que se ofrecieron voluntarios en la asistencia a los afectados por la epidemia de fiebre amarilla que asoló Cartagena un par de años antes, en 1804. Paradójicamente, el pintor fallecería cinco años después a causa de la misma enfermedad.

 

‘La Peste’ es un lienzo de grandes dimensiones y carácter alegórico, a la vez que un documento histórico de la mencionada epidemia de 1804. La parte izquierda de la obra, de arriba a abajo en una franja que supone una quinta parte de la tela, está ocupada por un obelisco que refuerza su carácter de conmemoración y homenaje. A modo de monumento, el artista incluye en el obelisco una inscripción en la que explica la razón de ser de la obra:

 

"A la eterna memoria i perpetuo agradecimiento de los piadosos eclesiásticos vezinos de Murcia que pasaron a Cartagena para asistir corporal i espiritualmente a los apestados de la fiebre amarilla, año de 1804, la Junta de Sanidad con acuerdo del M.S. Ayuntamiento puso esta inscripción”.

 

Y en el pedestal del obelisco, podemos leer:

 

Murieron José Leusi prestero, natural de esta ciudad, P.F. Andrés Marín Carmelita Andrés Marín carmelita calzado, de ídem. P.F. Felipe de Finistrad capellán, P.F. Gerónimo de la Asunción carmelita descalzo, de Elche, P.F. Salvador Lidon descalzo de Lorca, F. Salvador Camacho lego recoleto, de Huélcar-Overa, F. Pedro de la Concepción lego carmelita descalzo de Cenauri en Vizcaya.

 

Salvaron las vidas aunque padecieron la enfermedad P.D. Simón López de la congregación de San Felipe Neri, P.D. Miguel Lázaro de la misma congregación de esta ciudad. P.F. Joaquín Peregrín recoleto de Cox, P.F. Joaquín Ayelo Capuchino, P.F. Mateo de Callosa capuchino, P.F. José del Espíritu Santo carmelita descalzo de Totana y José de San Blas lego carmelita descalzo de Yecla, el hermano José Rubio donado descalzo de esta ciudad.

 

A los pies del monumento, el pintor incluye su firma y fecha: "Lo pintó Joaquín Campos. Año 1806".

 

El protagonismo de la obra recae sobre una serie de personajes dispuestos en dos planos, todos eclesiásticos, siendo los más importantes los del primer plano, y en concreto, los dos personajes que ocupan el centro: se trata de una mujer que Andrés Baquero Almansa identifica como la Religión, con un vestido blanco y sandalias, una refulgente cruz roja sobre el pecho y un manto azul, en actitud de caminar y de guiar al otro protagonista de la escena, hacia el que vuelve la mirada y a quien coge de la mano.

 

Otra interpretación posible sobre esta figura femenina es que, en lugar de la religión, sea alguna virtud teologal como la caridad o la misericordia, aunque el manto azul nos remita más bien a la Virgen como Inmaculada Concepción.

 

El personaje al que guía la mujer es Simón López García, por entonces presbítero de la Congregación de San Felipe Neri, y más tarde Diputado por Murcia en las Cortes de Cádiz, Obispo de Orihuela y Arzobispo de Valencia. López fue quien tomó la determinación de liderar al grupo de religiosos que se ofrecieron voluntarios para asistir a los enfermos de fiebre amarilla de Cartagena en 1804. Baquero Almansa cuenta que se presentaron tantos voluntarios, que el obispo tuvo que seleccionarlos.

 

De perfil, con su prominente nariz, Simón López mira a la figura femenina, a la que coge con su mano derecha, mientras lleva su mano izquierda al pecho en un gesto de asumir en su persona la responsabilidad de la misión que le ha sido asignada.

 

La mujer extiende su brazo izquierdo y señala con su mano al horizonte, llevando nuestra mirada a la parte superior derecha de la obra, donde se reconoce el perfil de una ciudad, Cartagena, rodeada de montañas cuya silueta se recorta en una tenue luz de fondo.

 

De esta manera, Campos recurre a una composición clásica y equilibrada que refuerza el sentido narrativo de la obra, en la que se nos cuenta un suceso histórico que podemos leer de izquierda a derecha, como en las páginas de un libro: del obelisco explicativo a los personajes del primer plano, Simón López y la figura femenina que les muestra el camino y, al final, el destino que les espera: una ciudad asolada por la epidemia de fiebre amarilla.

 

El segundo plano de personajes, unos mirando a quien contempla la obra y otros elevando sus ojos al cielo, funciona como elemento de profundidad y de transición hacia el plano superior, en el que flotan dos ángeles que acompañan al grupo de eclesiásticos.

 

Uno de dichos ángeles porta una palma del martirio, el que sufrieron varios de los personajes que murieron desempeñando su misión, pero también lleva en sus manos una corona de laurel, probablemente como símbolo del triunfo de los otros siete eclesiásticos que pudieron regresar con vida, aunque, como sucedió en el caso del propio Simón López, contrajeran la enfermedad que más tarde pudieron superar, con secuelas de diferente consideración.

 

Siguiendo en la parte superior de la obra, a la derecha de los dos ángeles iluminados por un rayo de luz, asoma la figura tenebrosa y oscura de la Muerte con su guadaña, dispuesta a segar vidas. Aunque no todos los infectados por la fiebre amarilla murieron, aquí la Muerte y la propia enfermedad son la misma cosa.

 

Campos demuestra también su academicismo con el escenario en el que dispone a los personajes, llevando a cabo una representación de la naturaleza al más puro estilo de los clásicos del Renacimiento: lo vemos en el primer plano, con las plantas que asoman en el suelo, y en un último plano con los árboles y con el paisaje del fondo, en el que apreciamos el efecto del ‘sfumato’ que popularizó Leonardo: nos referimos a la creación de una sensación de profundidad y lejanía mediante la superposición de finas capas de pintura que dan como resultado contornos imprecisos o esfumados.

 

La fiebre amarilla de 1804

 

La fiebre amarilla viene descrita por la Real Academia Española como una enfermedad endémica de las costas de las Antillas y del golfo de México, lugar desde el cual solía transmitirse a otros puntos de América y a las costas de Europa y de África favorables para su desarrollo, causando epidemias terribles. Esta enfermedad estaba provocada por un virus que se transmitía por la picadura de ciertos mosquitos.

 

Sin embargo, Campos tituló ‘La Peste’ a su cuadro, bien fuera porque la epidemia a la que alude resultó tan mortífera como las de la peste bubónica, bien porque, en un momento dado, se comenzó a calificar con el nombre de ‘peste’ a cualquier enfermedad contagiosa y grave que causase gran mortandad (definición de la RAE, que añade como sinónimos los de ‘epidemia’ y ‘plaga’).

 

De cualquier modo, lo cierto es que, según cuenta Antonio López Mariñol en ‘Ciudades portuarias en lucha contra la fiebre amarilla (1800-1812)’, en la primavera de 1804 ya se dio la voz de alarma sobre un brote de fiebre amarilla en Andalucía, brote que no tardaría mucho en llegar a las costas murcianas y en causar estragos en la ciudad de Cartagena y su entorno.

 

En el Archivo Municipal de Cartagena se conservan documentos de la Junta de Sanidad que refieren la gravedad del brote de 1804, que explican así: “En ese año se produce una terrible epidemia de fiebre amarilla con una virulencia inusitada, que recuerda a las de peste, pues fallecieron unas 8.800 personas en poco más de tres meses”.

 

La enfermedad afectó a casi el 60% de la población cartagenera y causó la muerte a más de un cuarto de los habitantes de la ciudad. “Por el contrario”, puntualizan, “el campo de Cartagena salvará mejor la situación y el impacto de la epidemia será bastante menor”.

 

En una web no oficial dedicada a los regimientos de Infantería acuartelados en Cartagena entre 1700 y 1996, hay un artículo sobre el Cuartel de Antigones en el que se cuenta que dicha infraestructura también fue usada como hospital durante la gran epidemia de fiebre amarilla “o vómitos negros” de 1804, un brote “que llenó a rebosar todo el edificio del Hospital de Marina y sus ampliaciones”, llegando a sumar hasta 9.000 personas hospitalizadas.

 

En la web regmurcia.com, en un contenido dedicado a la Revista Cartagena Histórica, se explica que “estas imágenes de muerte se repetirán en 1811 y 1812 con nuevos rebrotes de la fiebre amarilla, combinada con otras enfermedades como el tabardillo y las tercianas”. “Además”, añaden, “en estos últimos casos la epidemia se extenderá con igual fuerza a los pueblos y aldeas del campo de Cartagena”.

 

En ese rebrote de la fiebre amarilla de 1811, como ya hemos contado, falleció el propio pintor Joaquín Campos.

 

Joaquín Campos López

 

Este artista nació en 1748 en Orihuela, aunque en un principio algunos autores le diesen la condición de valenciano, incluyendo a Baquero Almansa en su libro ‘Los Profesores de las Bellas Artes Murcianos’. Sí es cierta su relación con la ciudad de Valencia en la etapa de formación, que completó en la Real Escuela de Bellas Artes de San Carlos, y en la que, según se cuenta en su biografía de la Real Academia de la Historia, “destacó como el más aventajado, hasta el punto que, después de diplomarse, fue nombrado el 14 de agosto de 1773 académico de mérito de dicha institución”.

 

En dicha biografía, redactada por Fernando Rodríguez de la Torre, se afirma que “sólo se conserva un cuadro suyo de la etapa valenciana”. Y según explica Baquero Almansa, dicho cuadro podría ser ‘Capítulo celebrado para la proclamación de Don Fernando de Antequera’, una obra de temática histórica.

 

Ya en su madurez, en 1781, Campos se encuentra en Murcia, donde, “con dictamen favorable de Salzillo”, nos dice Baquero Almansa que es nombrado director de las clases de Dibujo de la Sociedad Económica de Amigos del País, junto con Vicente Inglés. Dos años más tarde termina siendo el máximo responsable de la institución, sucediendo a Folch de Cardona, en un cargo que ocupará hasta su muerte en 1811.

 

En su célebre libro, Andrés Baquero Almansa relata que Campos “gozó aquí de fama de maestro, y con efecto, en su tiempo, ningún pintor de Murcia podía disputarle ese título”. Y prosigue su juicio del artista afirmando que “hay que reconocer” en las obras de Campos “dotes muy estimables de composición y dibujo, y aun de entonación y colorido, a veces”. Como nota negativa, remata con la frase: “Suele faltarles (a las obras) jugosidad y calor…”.

 

Después, Baquero Almansa destaca parte de la producción de Joaquín Campos López, comenzando por el retrato del obispo Manuel Rubín de Celis, que se encuentra en el Palacio Episcopal, y siguiendo por el que expone el Museo de la Ciudad, ‘La Peste’, entre otros.

 

En la biografía de la Real Academia de la Historia, Fernando Rodríguez de la Torre también cita a Manuel Jorge Aragoneses y su monografía de 1968 en torno a Campos, libro donde esbozó un catálogo de las obras del artista añadiendo si estaban firmadas o atribuidas, si se conservaban, dónde se encontraban o si desaparecieron.

 

Fuentes:

 

Biografía de Joaquín Campos López en la web de la Real Academia de la Historia.

 

Biografía de Simón López García en la web de la Real Academia de la Historia.

 

‘Los Profesores de las Bellas Artes Murcianos’, de Andrés Baquero Almansa. Págs. 297-300.

 

Fiebre’ en la web de la Real Academia.

 

Peste’ en la web de la Real Academia.

 

Web del Archivo Municipal de Cartagena.

 

Revista ‘Cartagena Histórica’ en la web Regmurcia.com.

 

Ciudades portuarias en lucha contra la fiebre amarilla (1800-1812)’, de Antonio López Mariño.

 

Cuartel de Antigones’, historia de los acuartelamientos de Cartagena.

 

Miguel José Cabanellas y Cladera y la Real Academia de Medicina de Madrid (1795- 1805)’, de José Manuel López Gómez.

 

 


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